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Desde mediados de los años ochenta, la obra de Gustavo Monroy ha evidenciado reflexiones que se han transformado a partir de sus circunstancias personales. En los años noventa su obra cambió al sustituir los seres sagrados con imágenes simbólicas que se convirtieron en una iconografía personal. Su fisionomía abandonó las corporeidades ajenas y se asumió como el receptáculo de anatomías, construcciones e imágenes devocionales, que rebasaban su cuerpo integrándose en espacios geográficos de explícitas referencias a México y Eslovaquia. Con una sensibilidad de claros rasgos posmodernos, se apropió de representaciones de imaginarios católicos de otras épocas que logran la unión con religiosidades colectivas. Del renacimiento italiano retomó al Adán y Eva de la expulsión del paraíso de Masaccio; de la imágenes virreinales extrajo mapas, acueductos, vírgenes y cristos sangrantes; de las religiones orientales recuperó las mandalas; del imaginario eslovaco mantuvo los colores y algunas figuras, y de la religiosidad popular mexicana aceptó un vía crucis en relieve policromático de resina acrílica.
De sus propias vivencias recuperó aquellas imágenes que re-ligan lo de adentro con lo de afuera y lo personal con lo social. Sin embargo, aun cuando su iconografía se mantiene, en las composiciones recientes se manifiestan cambios relevantes. Su fisionomía ya no ocupa el lugar de lo sagrado, sino que se ha convertido en su receptáculo.
Blanca Gonzáles
Historiadora Critica de Arte

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